Sábado, 9 de la mañana. Roberto entra al cuarto de Mateo, de siete años, con la maleta del fútbol ya lista. "Vamos, campeón, que llegamos tarde a la práctica." Y ahí — como salida de una película — llega la actuación del año.
Los ojos se le aguan, la mano se va directo a la frente, la voz se quiebra un poquito. "Papá... de verdad no puedo. Me duele muchísimo la cabeza."
Roberto, que ama a su hijo más que a su propia vida, se derrite. "Tranquilo, mi amor. Quédate descansando." Diez minutos después, el "enfermo terminal" está corriendo por toda la sala, persiguiendo al perro, gritando, riendo.
¿Te suena familiar? No eres el único papá al que esto le pasa.
En otra casa, un viernes en la noche, Valentina escucha a Camila —su hija de doce años— decir con un suspiro digno de telenovela: "Mamá, hoy no. De verdad no tengo ganas. Esta semana fue horrible, estoy agotada, necesito dormir." Y suena tan real, tan convincente, que cualquier mamá aceptaría que no hiciera ejercicio.
Aquí va la verdad incómoda que nadie te dice: esos pequeños momentos, repetidos semana tras semana, están construyendo o evitando la posibilidad de desarrollar algo mucho más grande de lo que crees.
"Para tener un niño que piense bien, también hay que desarrollarlo bien físicamente."
Lo que nadie te explicó sobre el cuerpo de tu hijo
Vivimos en la generación de las pantallas. Tablets desde la cuna, videojuegos antes que bicicletas, series antes que parques. Y suena inofensivo —hasta que entendemos lo que realmente está pasando por debajo: cada hora que un niño no se mueve es una hora donde su cerebro pierde la oportunidad de construirse a sí mismo.
Porque aquí está el secreto que pocos padres conocen: el niño no aprende primero con la mente. Aprende primero con el cuerpo. La forma en que su cuerpo se mueve por el mundo —eso que llamamos motricidad gruesa: tales como correr, saltar, lanzar, entre otros— es literalmente el cimiento sobre el cual se construye todo lo demás: la atención, la memoria, la capacidad de seguir instrucciones, hasta la forma en que se relaciona con sus amigos.
No es educación física. Es arquitectura cerebral.
1. Impulsividad motriz — al nacer, pura reacción, puro reflejo.
2. Estadio emotivo — las primeras emociones se expresan a través del cuerpo, del tono muscular, de la postura.
3. Estadio sensoriomotor — el niño coordina lo que siente con lo que hace: aparece la marcha, aparece el lenguaje.
4. Estadio proyectivo — el movimiento se vuelve intención: ya no se mueve por moverse, se mueve hacia algo con un objetivo.
Del movimiento al pensamiento. Ese es el camino. No son dos cosas distintas — son interdependientes.
Un proceso que no termina a los cinco años
Aquí hay algo que cambia todo: el desarrollo de la motricidad gruesa no se resuelve en preescolar. Acompaña al niño durante toda su vida pero completa su desarrollo al culminar la adolescencia.
Entonces, ¿por qué tratamos la clase de educación física como el momento de esparcimiento, el espacio donde "no pasa nada importante"? Debería tener la misma seriedad que le damos a las matemáticas o el lenguaje. No es un descanso del aprendizaje. Es otra forma de aprendizaje — solo que en lugar de cuadernos, usa todo el cuerpo.
La niña a la que casi le cerraron una puerta
Hace algunos años llegó a mi consulta una niña de cinco años. En una reunión en su primer colegio, sin decirlo con esas palabras exactas —porque eso no suele decirse abiertamente— le dieron a entender a sus papás que ella no aprendía como los demás niños de su edad, que no era feliz allí, por lo que les sugirieron cambio de colegio, en el que se encontraría mejor por ser "un lugar más adecuado para ella."
Nadie pronunció la palabra que todos estaban pensando, pero el mensaje les llegó completo: retardo mental. Los padres se preguntaron, ¿cuál era su limitación? ¿Tendría curación? Nunca habían pensado en ello.
Cuando la evaluamos —su parte emocional, conductual, física, sus escalas de desarrollo— encontramos algo que no habían detectado: tenía problemas motores severos. No había gateado, había empezado a caminar a los 14 meses, pero no lo hacía correctamente, no había explorado el mundo, solo conocía las pantallas, no había una limitación intelectual. Era una niña que había crecido encerrada en un apartamento, con poco parque, poca tierra bajo los pies, poco mundo por explorar. Su universo había sido la sala de su casa y una pantalla.
Buscamos otro colegio. Empezamos un proceso estructurado de desarrollo de su motricidad: equilibrio, coordinación, esquema corporal, orientación en el espacio.
Siete años después, le dimos de alta. Fue exitosa en su secundaria y en su formación profesional: nunca perdió un semestre. Hoy está estudiando un posgrado en una reconocida universidad de Estados Unidos, con una beca que se ganó por su excelencia académica.
A la niña a la que le cerraron las puertas, lo único que le faltaba era que alguien entendiera cuál era realmente su problema: no había desarrollado bien su motricidad.
El nombre ha sido modificado para proteger la identidad de la niña y su familia.
"Dominar el propio cuerpo no es un lujo. Es uno de los pilares de cómo un niño aprende a habitar el mundo y a entenderlo."
El examen que nadie estudia: la carrera de relevos
Piensa en una carrera de relevos. Parece solo correr. Pero en realidad un niño tiene que: seguir instrucciones, mantener la atención durante toda la secuencia, recordar el orden exacto de los movimientos, ser constante hasta la meta, y entregarle el bastón a su compañero en el momento preciso.
Cuando un niño no domina ciertos movimientos y ve a sus amigos hacerlo con facilidad, algo se quiebra por dentro. No es que no quiera participar. Es que no puede, y le da vergüenza decirlo y ese momento —recibe un duro golpe a su autoestima, ante lo cual prefiere callar o aislarse, y lo peor, volverse el hazmerreír de la clase, con lo cual oculta ese torbellino de pensamientos negativos que no puede manejar.
Lo primero: sin notarlo, se trata la motricidad como una materia de segunda categoría. Si el niño no quiere ir a tenis, no va. Pero esa misma flexibilidad rara vez se la damos a una tarea de matemáticas.
Lo segundo: confundimos "no quiero" con "no puedo." Cuando la actividad se pone más exigente y aparece el dolor de cabeza misterioso —como el de Mateo— muchos papás sacan al niño de la clase sin preguntarse si, en el fondo, lo que está pasando no es pereza, sino miedo a no poder.
Y aquí va algo que importa más de lo que parece: cuando ese patrón de evitar el movimiento se mantiene durante la infancia, las consecuencias suelen aparecer después, en la adolescencia —sobrepeso, una imagen de sí mismo poco amable, hasta dificultades con la comida. Por algo los griegos, hace más de dos mil años, ya lo habían entendido: mente sana en cuerpo sano. No es una frase bonita para enmarcar. Es, literalmente, ciencia del desarrollo.
🌱 Lo que sí funciona
Cuando hay una piedra en el camino
Pensemos en el desarrollo de un niño como lo que realmente es: un todo integral. Lo dividimos en partes para poder entenderlo mejor —lo motor, lo emocional, lo intelectual— pero el niño no vive fragmentado. Vive como una sola persona, completa, donde todo está interconectado.
Si en ese camino aparece una piedra, una raíz, un tronco caído —la respuesta nunca es quedarse mirándolo, paralizado. La respuesta es buscar ayuda para pasarlo, y seguir caminando. Quedarse detenido frente al obstáculo es lo único que de verdad puede frenar el desarrollo.
Y aquí hay algo que quiero que te quede grabado, sobre todo si reconociste a tu hijo en algo de lo que leíste hoy: si tu hijo tiene dificultades motoras, no es el fin del mundo.
Así como hay personas que nacen sabiendo bailar, y otras que necesitan ir a una escuela de danza para aprenderlo paso a paso — el cuerpo también se puede entrenar, con paciencia, con la guía correcta.
Lo que hoy parece una dificultad, bien acompañado, puede convertirse mañana en una de las mayores fortalezas de tu hijo.
En la Fundación Clara Inés King evaluamos y acompañamos el desarrollo psicomotor de los niños. Si tienes dudas sobre el desarrollo de tu hijo, estamos aquí.
Nota importante: Los contenidos de ClaritaKingEduca tienen carácter exclusivamente informativo y divulgativo. No constituyen consejo, diagnóstico, tratamiento ni intervención psicológica, educativa o terapéutica de ningún tipo. No reemplazan en ningún caso la evaluación ni la intervención de un profesional especializado. La Fundación Clara Inés King ofrece atención presencial en Bogotá, Colombia, y consultas virtuales según el caso — fundacionclarainesking.org · WhatsApp: +57 318 651 54 58
Al final, de eso se trata todo esto: de despertar, hasta el último rincón, todas las capacidades que un niño trae dentro.
La educación motriz no es el recreo entre las materias "importantes." Es la base invisible sobre la que se construye la atención, la memoria, la confianza, el carácter — la forma entera en que un niño aprende a estar en el mundo, a vivir en él.
La próxima vez que tu hijo te diga que le duele la cabeza justo antes de la clase de fútbol, tal vez valga la pena mirarlo con otros ojos. No para regañarlo. Para entenderlo y explicarle la importancia de su ejercitación.
Porque el movimiento de hoy es, literalmente, el pensamiento de mañana.
— Doctora Clara Inés King
Directora y Fundadora — Fundación Clara Inés King · Bogotá, Colombia
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